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Jose Jimenez

“Quizá me engañen la vejez y el temor”, escribió Jorge Luis Borges en su relato La biblioteca de Babel, “pero sospecho que la especie humana –la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.” Uno de los aspectos más interesantes del texto de Borges es que pone de relieve el oculto designio inscrito en la voluntad humana de acumulación de conocimiento, de bienes culturales, y de modo especial en la pasión del coleccionismo. Ese oculto designio queda así desvelado: deseo de perduración, voluntad de vencer al tiempo.
Por eso, la imagen de la biblioteca infinita se superpone, es en realidad un doble de ella, a la imagen de la torre de Babel, a la resonancia en el símbolo del deseo humano de elevación, de subir a los cielos, de ser como dioses. Irremisiblemente condenado al fracaso. Sabemos bien, por otra parte, que el deseo, en todas sus manifestaciones, es siempre incolmable. Y la voluntad de tenerlo todo, el sueño de la biblioteca infinita, el espejismo de la colección total, son así, antes que nada, indicios de la precariedad humana.
Toda colección, inevitablemente, es fragmentaria de raíz. En consecuencia, las más interesantes son las que asumen como principio metodológico ese carácter fragmentario, esa condición inevitablemente parcial. En un lenguaje más directo es lo que se llama especialización: el designio oculto se modera, se atenúa, aceptando que la acumulación no es de todo, sino de algo, de algo específico y concreto. Junto a este principio, el otro criterio metodológico que me parece fundamental en esta pequeña teoría tentativa del arte de coleccionar es la coherencia interna: además de asumir la especialización el buen coleccionismo se distingue por un sentido de orden, por no dar saltos, por huir de la arbitrariedad.
Pienso que esos dos rasgos: especialización y coherencia, inspiran la configuración que hasta ahora presenta la colección de arte de la Caja de Burgos, una de las mejores iniciativas de apoyo al arte y a la cultura desarrolladas por una institución privada en nuestro país en la última década. Quiero subrayar esa cautela temporal: hasta ahora, precisamente porque el carácter inevitablemente fragmentario de toda colección hace que éstas sean siempre obras abiertas, sujetas a todo tipo de avatares, y a cambios o modificaciones que pueden subvertir o alterar en profundidad su carácter.
Así que toda colección, ésta también, es siempre provisional. Y su carácter de obras abiertas está además sobredeterminado, como se dice en psicoanálisis, por la dimensión individual del coleccionismo: aunque se trate de proyectos institucionales o colectivos, aunque haya juntas de valoración o equipos de apoyo, la decisión de integrar una pieza concreta en una colección surge siempre, en primera instancia, de un acto individual de elección, de un escarceo que tiene mucho que ver con un flujo de seducción que se establece entre la pieza elegida y quien la elige. Cuando las cosas no se desarrollan así, entonces intervienen las consignas externas, el cálculo material, o los intereses pragmáticos, que, se quiera o no, acaban desvirtuando la coherencia interna de la que hablaba más arriba.
En este caso, quizás esa dimensión individual es todavía mucho más acentuada, porque el papel desempeñado por una persona concreta: Rufo Críado, primero en la idea de formar una colección y después en su concreción y desarrollo, ha sido determinante. En realidad, así ha sucedido en no pocas ocasiones a lo largo de la historia. Son muchas las colecciones formadas por la pasión individual de personas concretas.
De modo que, para bien y para mal, parafraseando lo que Gustave Flaubert decía sobre su novela: “Madame Bovary soy yo”, podría igualmente decirse aquí: la colección soy yo, Rufo Criado. En mi opinión, fundamentalmente para bien: Criado no es sólo un gestor cultural, es antes que otra cosa un artista, que desarrolla su propia actividad creativa en paralelo a su trabajo institucional. Y eso se nota sobremanera en la calidad individualizada, una por una, de la mayoría de las piezas seleccionadas, que nos hace pensar en alguien que, al elegirlas, las sabe mirar, digamos, desde dentro, comprendiendo internamente el arduo proceso que implica poner en pie una obra de arte. Hay, además de éste, otro aspecto que debe también destacarse en los criterios de selección empleados por Rufo Criado: su abierto sentido del pluralismo estético, la aceptación de la inevitable variedad de líneas y tendencias, un rasgo distintivo del arte de nuestro tiempo, que tiene naturalmente su reflejo en la colección.
Y con ello, a la vez, la pluralidad de registros y soportes de las distintas piezas nos permite apreciar de forma directa, a través de ellas, el final definitivo de las viejas distinciones de los géneros clásicos. Los artistas de nuestro tiempo emplean una gran diversidad de técnicas y procedimientos expresivos, en muchas ocasiones mezclados o superpuestos, lo que hace completamente inviable seguir manteniendo una concepción separada, por disciplinas, del arte, como se hacía en el pasado. El arte de nuestro tiempo está profundamente impregnado del carácter integrador, multimedia, de la cultura contemporánea.
Si estos dos aspectos nos hablan de la coherencia interna, que más arriba pedíamos (algunas concesiones, no obstante, hay: concesiones quizás a los compromisos locales y a un cierto sentido de lo políticamente correcto, aunque no son demasiado numerosas...), el criterio de especialización se concreta en la elección de obras de arte español actual. Esto marca uno de los puntos de mayor interés de la colección: con piezas, normalmente de gran calidad, de casi todos sus protagonistas, nos da una especie de instantánea del arte español en el cambio de siglo. Instantánea, porque como en las fotos de actualidad lo que ahora vemos en la colección se transformará inevitablemente en otra cosa en el curso del tiempo.
Pero, a la luz de esa instantánea, y de su presentación pública que, afortunadamente, conlleva la apertura de un nuevo centro de arte contemporáneo, ¡uno más...!, en Burgos, es inevitable centrar nuestra atención en el destino del arte español actual. Las piezas de la colección nos permiten apreciar un momento tan lleno de vitalidad, de peso y relevancia estéticas, como en otros momentos de una tradición configurada por grandes artistas y obras destacadísimas en la historia del arte de Occidente. Y, sin embargo, ¿por qué este momento fecundo y lleno de interés no alcanza el eco internacional que sin duda merece...?
Se trata, obviamente, de una cuestión bastante compleja, que tiene que ver muy en primer lugar con la situación postergada que las culturas hispánicas en general, y hablo aquí también de América Latina, han vivido en la escena internacional a lo largo del siglo veinte. ¿Están cambiando las cosas en estos años de inicio de un nuevo siglo...? Quizás. Tal vez. Aunque, desde luego, en todo caso muy lentamente. Pero, además, de esta cortapisa general, que afecta no sólo al arte, sino a todas las dimensiones creativas: a la ciencia, al pensamiento y a las demás disciplinas artísticas, hay factores específicos que limitan la presencia y recepción de las propuestas plásticas planteadas hoy en España en la escena internacional.
La actitud más ominosa, la más pesadamente autodestructiva, se concreta en un término que encierra más de un sentido: localismo. Localismo que se refleja en el funcionamiento y orientación anacrónicos de la mayor parte de nuestros museos y centros de arte, incapaces de establecer líneas de diálogo y de colaboración en proyectos con instituciones internacionales. Incapaces también, salvo contadas excepciones, de establecer presencias o intercambios de nuestros artistas en proyectos internacionales de relieve.
Es verdad que los museos y centros de arte han proliferado en la última década en esta España de las autonomías, y ese es un fenómeno en principio altamente positivo. Pero es verdad, también, que en muchas de esas instituciones no se ha desarrollado todavía el suficiente caudal como para que sus programas y producciones artísticas tengan auténtico peso y consistencia. Ojalá sea todo cuestión de tiempo. Ojalá. Ojalá se vaya produciendo la necesaria sedimentación de los planteamientos, una autonomía cada vez mayor de los cortos intereses políticos inmediatos, así como la mejora en la cualificación profesional de quienes trabajan en ellos, y todos estos nuevos museos y centros contribuyan a dar la cobertura que el arte español requiere para desarrollarse con más intensidad y conseguir audiencia internacional. Ojalá el nuevo Centro de Arte de Caja de Burgos, con el impulso de su excelente colección, acometa con ambición y rigor esos objetivos. Ojalá.
Quiero por último referirme, además, a otro aspecto del localismo que también obstaculiza esos objetivos, y del que es preciso hablar públicamente, aunque habitualmente no se haga por miedo, pragmatismo o por intentar ser políticamente correcto. Aludo a la atomización del arte que viene de España en la escena internacional producida por trabajar teniendo como horizonte el ámbito de la nacionalidad, región o provincia. En tiempos en que se hace difícil hablar llanamente de España, y sin que ello suponga recaer en autoritarismos centralistas, sino pensando España como una comunidad de síntesis plural de culturas y reconociendo el enriquecimiento que supone esa pluralidad, quiero llamar la atención sobre este aspecto: nuestros artistas no conseguirán peso internacional siendo promovidos como artistas castellanos, vascos, catalanes, gallegos, andaluces, canarios o valencianos, como en tantas ocasiones se hace, sino como artistas españoles.
Esto es lo que sucede en el caso de aquellos creadores que, de modo excepcional, han adquirido reconocimiento internacional. Y sin negar, claro está, la relevancia de su origen en las raíces de donde brota la trayectoria creativa, la obra. Pero en una época de comunicaciones y desplazamientos globales la visibilidad internacional de nuestros artistas no se hace más intensa reivindicando la particularidad cultural, la adscripción originaria, sino al contrario en una perspectiva universalista.
Si la colección de arte de Caja de Burgos tiene interés, aparte de por la calidad ya destacada de las piezas que la integran, es porque permite poner de relieve, con su carácter de instantánea, todos estos problemas y tensiones, y con seguridad muchos otros aún que no caben en la extensión de este pequeño escrito, que se viven en estos momentos en nuestro mundo del arte. De ahí, también, la necesidad de que la línea de la colección se abra cuanto antes, respetando la misma secuencia temporal, al diálogo con la escena internacional, incorporando obras de artistas de otros países y tradiciones, ya que actualmente las fronteras del arte son cada vez más abiertas, y el verdadero alcance, la auténtica puesta en valor, de una situación artística concreta sólo puede obtenerse a partir de un contraste con lo internacional, de una interacción con lo otro, por lo demás más próximo e interiorizado que nunca.

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MARCEL BROODTHAERS
Castilviejo