MUJER, ETCÉTERA. Moda y mujer en las colecciones.
Del 17 octubre al 18 de noviembre de 2007
MUJER, ETCÉTERA. Moda y mujer en las colecciones.
Fotografías de William Klein, Henri Cartier-Bresson, García Alix, Karl Lagerfeld, Cecil Beaton, Madame D'Ora,…
Con la Colaboración de Foto COLECTANIA
SALA MUNICIPAL DE EXPOSICIONES DE SAN BENITO. (C/San Benito s/n. Tfno: 983.426193)
Mujer etcétera versa sobre esa otra mujer sujeto. Una mujer como las de Vogue elegante y sofisticada, que sublimaba la inteligencia en la distancia. Una imagen de lo femenino a la que se le presuponía un discurso intelectual ya que podía sostener esa imagen soñada. Por eso afirmaba la gran editora de moda Diana Vreeland “Sin emoción, no hay belleza”. La belleza era esencial en su trabajo, como lo era el sueño y la fantasía que vendía esa belleza. Antes que ella, visionarios como Alexey Brodovitch, Edna Woolman o Alexander Liberman habían realizado una labor clave para la imagen de la mujer y para la fotografía desde sus despachos: los grandes fotógrafos habían trabajado para ellos, y lo habían hecho dando forma a la mujer desde las páginas de sus publicaciones. Ellos hicieron de la fotografía de moda el gran arte. No obstante la gran fotografía de moda no habla sólo de moda, ni de mujer, ni de una época: su representación de una realidad va mucho más allá y se convierte en testimonio de belleza y de rebeldía: de cambio. Define la evolución de los patrones de conducta y de deseo a través del tiempo. Son actitudes que pueden provocar el que cambien las formas.
Esta tendencia arrancó en Estados Unidos, y fueros publicaciones como Harper´s Bazaar, Vanity Fair o Vogue sus precursoras. Los grandes fotógrafos podían experimentar, se les permitía arriesgar: creaban arte saliendo de la convencional pose elegante recreando el mundo poblado de mujeres fastuosas o personajes andróginos. En la mayoría de los casos, la indumentaria terminaba siendo lo de menos. Las imágenes de Blumenfeld o Louise Dahl-Wolfe, los juegos cromáticos y geométricos de F.C. Gundlach o Irving Penn hacían que las prendas formaran parte de un todo elegante, fuerte y rotundo.
Bajo el mando de estos visionarios, artistas como William Klein, o Garry Winogrand estaban retratando a las mujeres y a los ideales de mujer de su tiempo. La fotografía de moda y la práctica del retrato permitieron subsistir a estos fotógrafos, mientras ellos se crecían ante la figura del encargo. La moda y el cine siempre han ido de la mano, y en esta época dorada de Hollywood los fotógrafos retrataban a las estrellas para las mismas páginas. Lauren Bacall, Marlene Dietrich o Greta Garbo eran los modelos de mujer. Las obras de los fotógrafos dan testimonio de la imagen femenina, del deseo y de la industria de esos años.
Alexey Brodovitch fue clave en este desarrollo. Editor de Harper´s Bazaar desde finales de los año cuarenta hasta los sesenta, buscaba el movimiento en su revista: desplazaba la imagen utilizando los sangrados al máximo, y aceptaba siluetas y gestos borrosos. Perseguía la expresión emocional de la fotografía, y el ritmo en la maquetación de las páginas. Incitaba al experimento. Fruto de esta incitación, Lillian Bassman desarrolló una imaginería gestual única donde lo que menos importaba era el vestido. Primaba la emoción: esa emoción sin la que según Vreeland, no existía la belleza. Entre el sentimiento y el refinamiento, ahí está el mundo descriptivo de la moda. Entendiendo el sentimiento como un proceso y estado mental vulnerable al estereotipo y susceptible de eternas maquinaciones, y el refinamiento como algo que encierra una embriagadora dulzura del buen gusto cercano en ocasiones a lo pretencioso.
Estos fotógrafos buscaban modelos de imagen segura, inteligente, sofisticada. El mejor ejemplo de ellos es Lisa Fonssagrives, la mujer de Irving Penn, pero también su musa y modelo. Ella era el epítome de la dignidad femenina y la fuerza elegante. El secreto de estos fotógrafos fue ser los primeros en ir más allá del tejido; las lectoras no querían llevar la ropa de las modelos: querían ser ellas. En esas imágenes se encuentran los tópicos de las mujeres en cuanto objeto perteneciente al espacio de los deseos (y aversiones), del hombre. Pero en ningún momento hacen hincapié en la confusión del género femenino y son tan interesantes como las presentan; son retratos que no sirven sólo para vender. Son retratos hechos, completos, acabados; retratos que ponen en cuestión su mera representación. “Si la mercancía tuviera alma, sería la más resuelta de cuantas jamás existieron en el reino de las almas, pues tendría que ver en cada uno al comprador en cuya mano y en cuyo hogar quiere anidar” afirmaba Walter Benjamin. Estas fotografías vendían sí, pero hacían más.
Sin embargo, más cerca de nuestro tiempo, los ochenta fueron la década clave para que a la fotografía de moda se le reconociera su importancia. El libro de Martin Harrison, Appearances: Fashion Photography since 1945 fue el precursor de ese cambio de actitud hacia una fotografía, que hasta ese momento, había sido observada con reticencia por parte de determinados sectores del coleccionismo y del mercado en el mundo del arte. La fotografía de lo femenino y el ojo que la mira, el misterio de cómo ha cambiado a lo largo del tiempo y como esto ha afectado a los ideales que hombres y mujeres persiguen en sociedad es lo que se cuenta desde estas imágenes.
Cuando Virginia Woolf escribió el ensayo Una Habitación Propia causó un gran revuelo (más bien debiéramos decir estupor) en la estricta sociedad victoriana. La reivindicación de una necesidad de autonomía absoluta para poder sobrevivir e inventarse como mujer no era sólo nueva, si no rebelde, sólida y seria por venir de quien venía. Si las mujeres hubieran sabido, podido y logrado cumplir con ese deseo, es muy probable que la cita hoy fuera anecdótica. El caso es que no ha sido así, y sigue siendo una llamada de absoluta actualidad. Los iconos de mujer que aparecen entre estas imágenes, estos retratos, lo lograron o no, pero lo intentaron incluso contra ellas mismas.
Más para mal que para bien, en muchas ocasiones la belleza y la honestidad se han confundido con la vanidad y la arrogancia. Nunca se puede determinar si la culpa de esta confusión la tiene la envidia o la mera estupidez, pero el caso es que en el momento de realizar un retrato o de elegir una imagen, el último en dar su opinión o su juicio es siempre el tercero que observa, y este observador está contaminado por el entorno en que respira: tanto mujeres como hombres. Las mujeres que aparecen en esta selección se diferencian de otras. No son todas bellezas clásicas; no es su dulzura, su fuerza o su apariencia misteriosa lo que tienen en común. El hilo transparente que tiende puentes entre todas ellas es que cada una puede ser un pequeño cristal de ese calidoscopio con etcétera que es cada mujer. Las definiciones por su propia naturaleza tienen que reducir la realidad que explican a los parámetros de su lenguaje. Por eso estas imágenes cuentan lo que sucede en los márgenes, en la frontera de la definición, donde los retoques alteran el sentido y lo amplían. Se corre el riesgo de la confusión y la duda en estos terrenos, pero es sólo en estos, donde, con un golpe de vista, de pronto, se puede atisbar el verdadero contorno de esa realidad que se quiere contar. Ahí, en ese límite, es donde he pretendido colocar esta muestra, para evitar la pérdida del detalle en vez de preservar la amplia definición. De ahí que el etcétera del título, junto a mujer, no pueda considerarse un complemento sino un atributo.
Estas fotografías retratan mundos distintos en los que no hay que dejarse llevar por la mera apariencia. La mujer es un etcétera que mezclado puede dar diversas identidades. La moda muere joven, pero lo efímero puede resultar tan real como cualquier verdad en la ficción. Como la subjetividad que pone en sus fotografías Jürgen Klauke; la misma que utiliza en sus performances en los que, partiendo de su propio cuerpo, aborda la multiplicidad de géneros convirtiéndose en una identidad tanto femenina como masculina.
La exposición pretende acercar la moda sin reducir estrictamente a la mujer a ser retratada para potenciar un traje, y de ahí ese mujer etcétera porque es una mujer “con atributos” y en toda la extensión de la definición y la palabra. Una mujer poliédrica, con aristas y sin concesiones. Una mujer que vive, una mujer que es como debe ser: amplia de miras y horizontes. No se trata de una exposición de género, ya que la mayoría de los retratos han sido realizados por hombres: se trata de la mirada sobre la moda y otros tipos de mujeres, de lo que hombres y mujeres deseamos ser y tener, entrelazado.
Una foto de moda es un retrato, de la misma manera que un retrato es una foto de moda. “Yo vendo sueños, no vestidos”, decía un gran fotógrafo. Lujo vanidad y época; cualquier fotografía de moda tiene alguna de estas cualidades, porque el vestido reflejó en su momento la condición social, y hoy por mucho que las marcas se hayan democratizado la gran moda lo sigue haciendo. Y es que como decía Cioran, lo que hay más de sano y puro en la vida no es sino un apoteosis de lo efímero. Lo decía un pesimista.
Lola Garrido