CHRISTINE SPENGLER

CHRISTINE SPENGLER
Christine Spengler descubrió su vocación en El Chad, adonde había llegado con su hermano Eric desde París, en una huida hacia delante para olvidar la muerte de su padre. Presenció el ataque de los rebeldes “tubus” a los helicópteros franceses. Los hermanos fueron acusados de espías, encerrados en la cárcel y finalmente expulsados del país: “A partir de ahora quiero ser corresponsal de guerra y testimoniaré las causas justas”, se dijo Spengler entonces.
La fotógrafa se considera totalmente autodidacta, no cree en las escuelas ni en la enseñanza de la fotografía. A su juicio, hacen falta tres requisitos fundamentales para ejercer la profesión: valor, ternura y saber mirar.
Con su Nikon de 28mm y su lema “para mí, siempre, el corazón es lo primero”, ha fotografiado los conflictos armados de Irlanda del Norte, Vietnam, Kosovo, Afganistán... Sus imágenes han dado la vuelta al mundo, ocupando las páginas de publicaciones internacionales como New York Times, Life, Time y Neewsweek. En sus instantáneas se revela la complicidad que establece con los sujetos fotografiados, sobre todo mujeres y niños, que miran frontalmente a la cámara. “Hay que tener talento para ver la belleza incluso en medio del caos”, afirma.

BIOGRAFÍA DE CHRISTINE SPENGLER
Cuando era niña, en Madrid, nada me predisponía a la fotografía. Sólo sabía que un día sería escritora.
Descubrí mi segunda vocación –la de corresponsal de guerra– en el Chad, a la edad de veintitrés años, cuando me vi envuelta en la insurrección de los tubus.
Por primera vez en mi vida tomé conciencia de que en un caso extremo las palabras no bastaban, de que me era indispensable una máquina fotográfica. Con ella, los testimonios serían irrefutables. Dondequiera que fuese, ella me ayudaría a captar de modo indeleble la tragedia, el dolor... y también los juegos y risas de los niños a quienes más tarde llamaría «las flores de la guerra».

En el Vietnam, mi mirada virgen me permitió ver la joven de sonrisa enigmática que, una hora antes de firmarse la paz, enceraba por última vez en su vida las botas de los odiados americanos. Retraté a los niños-soldado que ostentaban en su pecho tatuajes sorprendentes y prendían peonías en sus cascos. Me encantaba seguirlos porque en el mismísimo corazón de la batalla guardaban su inocencia. Recuerdo que a la hora de comer hacían una tregua para tocar la guitarra en los bosques calcinados...
En Phnom-Penh, gracias a mi gran angular, capté la visión apocalíptica de una ciudad bombardeada, iluminada por un pálido sol de medianoche, sin pararme a fotografiar los cadáveres que, en primer plano, ardían en la hoguera.

Desde el principio rehuí el sensacionalismo. Intenté mostrar el dolor de los sobrevivientes, como el de este niño llorando la muerte de su padre, a la sombra de un mortero, antes de huir bajo el napalm. Era él la víctima, el niño-mártir... Una hora antes lo había inmortalizado nadando en el río Mekong sobre cascos de obuses vacíos, rodeado por sus compañeros. Había decidido no fotografiar al padre anegado en su sangre.
El hecho de ser mujer me ayudó mucho en mi trabajo. Sola en el fin del mundo, armada con mi Nikon, reaccionaba frente a las situaciones con la fuerza y la determinación de un hombre. A veces hacía las mismas fotografías que ellos... Pero luego, dejando hablar a mi corazón, yo iba al encuentro de la vida. Veía entonces cosas alucinantes que me conmovían, como si a cada escena de horror le sucediera una escena esperanzadora. Ignoraba yo entonces que éstas serían las fotografías que darían la vuelta del mundo.
En medio de la guerra me di cuenta inmediatamente que el instinto de supervivencia es mas fuerte que la muerte, como por ejemplo una imagen que se perdió donde una indígena con un brazo arrebatado por una granada amamantaba a su bebé sentada sobre un féretro.
En el Sahara Occidental, acompañé a los combatientes del Frente Polisario. De regreso a los campamentos de Tinduf, fotografiaba a las mujeres que habían trocado su fusil y su parka por un velo de color para cuidar de los niños en las guarderías subterráneas.
Enteramente vestida de negro, pude penetrar en Irán sin dificultad en la casa del Imán Jomeini, ir cada día en helicóptero en el Kurdistán donde el terrible ayatolá Khakhali, apodado el «Carnicero de las manos rojas» me pidió que fuera su fotógrafo. Decidí abandonarle la víspera de la primera ejecución de intelectuales kurdos. Este documento trágico obtuvo luego el World Press... Pero ni los premios ni los honores me interesaron jamás. Prefería permanecer meses sobre el terreno para realizar un trabajo en profundidad.

El suicidio de mi joven hermano Eric fue un factor determinante en mi carrera. El duelo por haberlo perdido hizo que me volviera más sensible al dolor del mundo. Durante todos estos años deseaba morir pero el hecho de convivir con el peligro y la muerte hizo que aprendiera a amar la vida.
Hoy rindo homenaje a éstas mujeres de Irán que desvelaban para mí su rostro puro, a las viudas palestinas que, entre lágrimas, me enseñaban con orgullo los retratos de sus mártires, a esas madonnas afganas que me miraban bajo el burqa...
Como los ruedos de mi infancia en Madrid, hoy soy mitad sombra, mitad luz.

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DISTANCIA Y PROXIMIDAD
DON McCULLIN